Ahora voy a contar un cuento donde los animales tienen un papel importante.  

 

Érase una vez un matrimonio que deseaba tener un hijo, pero hasta su vejez no se vieron recompensados por ese milagro, y ya muy mayores, la mujer dio a luz a una hermosa hija. La niña creció feliz protegida por sus padres, pero al cumplir los dieciséis años se enamoró del joven mozo que jugaba de niño con ella, y que ahora ayudaba a su padre en las caballerizas. El joven tenía su misma edad y era un muchacho fuerte y valiente. El muchacho hacía mucho tiempo que miraba a escondidas a su amiguita de juegos, y un buen día ocurrió que se enamoraron. El chico sabía que la niña le correspondía, así que decidió ponerse su mejor traje y entrar en casa de la joven para pedírsela a su padre en matrimonio. Los padres querían mucho al muchacho, pero nunca imaginaron que se atreviera a ofrecerse como yerno, y reaccionaron echándole de casa. Cuando la niña vio que sus padres habían echado a su amor, corrió a encerrarse en su habitación, llorando durante días sin querer escuchar a nadie. Los padres trataron de convencerla para que saliera de su habitación, pero ella se negaba. Muy enfadada le gritó su madre: 

- ¿Cómo es posible que te hayas fijado en nuestro criado?¿no comprendes que puedes aspirar a un noble caballero y éste no tiene dónde caerse muerto? Antes prefiriría que te perdieras en la selva más profunda a que te casaras con este palurdo. 

Y tal como había dicho su madre, la joven desapareció. 

Los padres sufrían sin saber dónde estaba su hija. La buscaron por la casa, por el establo, entre los árboles, pero parecía que se la había tragado la tierra. Noche y día lloraban los padres desconsolados buscándola por todos lados, pero no por eso aparecía.  

A la mañana siguiente, poco antes de que amaneciera, el muchacho se presentó en la casa de la joven y, con todo respeto, les pidió que le dejaran buscarla. Les dijo que la amaba terriblemente, y que nunca dejaría que a su hija le pasara nada. Los padres miraron al muchacho, le dieron el mejor caballo de la cuadra, una espada y una pequeña bolsa con algunos alimentos para que pasara el día, y le hicieron una promesa: 

- Si la encuentras y logras traerla sana y salva, nos hará felices que te cases con ella.  

El muchacho asintió agradecido, montó en el caballo y se encaminó hacia el bosque. A medida que se adentraba en su interior, la maleza aumentaba convirtiéndose en una selva profunda que no tenía fin, aunque a lo lejos, al fondo, un hermoso palacio se alzaba. Ilusionado inició el joven el viaje, desconociendo los grandes peligros que le amenazaban en la selva. 

El muchacho continuó durante horas cruzando árboles y árboles, sin encontrar a nadie en el camino, hasta que llegó a una cueva en la que un ermitaño descansaba junto a un león, tan dócil como un perro. 

     - ¡Por fin llegaste! Te esperaba. Sé a lo que vienes y es una causa justa. Siéntate conmigo a comer y descansa esta noche, que mañana te diré cómo puedes seguir. 

Agradecido el joven se sentó, comió los alimentos del ermitaño y descansó hasta la mañana siguiente. 

     - Levántate, joven, que ya es hora de partir. Caminarás en aquella dirección, pero no te preocupes, porque al caer el sol encontrarás a otro ermitaño como yo. Obedece todo lo que diga, porque también querrá ayudarte. Y tú, león mío, acompaña a nuestro amigo, que te necesitará. 

Y así lo hizo el muchacho, partió después de dar gracias al ermitaño e inició de nuevo su camino acompañado por el león. Las horas pasaban y pasaban, el sol aumentaba su cansancio, y el caballo y el león querían descansar. Cuando el sol empezaba a ponerse descubrió una cueva, se acercó con cautela y descubrió a otro ermitaño, acompañado éste por un enorme tigre, que más parecía un tierno gatito.  

    - ¡Por fin llegaste! Te esperaba. Sé a lo que vienes, y es una causa justa. Siéntate conmigo a comer y descansa esta noche, que mañana te diré cómo puedes seguir. 

De nuevo el joven sonrió agradecido, se sentó, comió los alimentos y descansó hasta la mañana siguiente. 

    - Levántate, joven, que ya es hora de partir. Caminarás en aquella dirección, pero no te preocupes, porque al caer el sol encontrarás lo que buscas. Y tú, tigre mío, acompaña a nuestro amigo, que te necesitará 

 

Y contentos iban los cuatro: el joven, su caballo, el león y el tigre. Ya llevaban andando unas cuantas horas cuando vieron un río limpio cruzado por un puente, pero no podían llegar allí porque un vado cortaba el camino. Iban a cruzarlo cuando un enorme gigante los detuvo: 

    - ¿A dónde te crees que vas tan rápido? ¿Qué es lo que buscas aquí? 

    - Pasar. 

    - Pues no pasarás. 

    - Por mi amada pasaré, aunque sea sobre ti. 

Rápidamente el tigre, el león, y el joven a caballo, pasaron por debajo del gigante, que al ser más grande era más torpe y lento, y cuando fue a golpearlos, por la fuerza de su impulso, se golpeó a sí mismo y cayó de cabeza al río.  

De nuevo iban los cuatro amigos por el camino, siguiendo el sendero cuando se encontraron una pequeña choza entre los árboles. De su interior salió una vieja arrugada y de mal humor que se cruzó en el camino y le dijo:    

    - ¿A dónde te crees que vas tan rápido? ¿Qué es lo que buscas aquí? 

   - Pasar. 

   - Pues no pasarás. 

   - Por mi amada pasaré, aunque sea sobre ti. 

La vieja se volvió al interior de la casa y los amigos seguían alegremente cuando escucharon que la vieja emitía un silbido agudo y estridente. A sus espaldas diez perros negros de ojos rojos empezaban la persecución.  

El león y el tigre se miraron, el león se dirigió a los perros hiriéndolos con toda la furia de la que era capaz, mientras el tigre mordía a la bruja que gritaba pidiendo ayuda, pero no le sirvió de nada, porque cayó muerta. Luego el tigre corrió en busca del león, que todavía luchaba contra los perros, y entre los dos los fueron matando uno a uno. 

Y continuaron su camino. La selva se cerraba cada vez más, la noche iba cayendo, los árboles parecían emitir sonidos, las hojas susurros. Siguieron adelante cuando vieron que se abría un claro en el camino, y allí detrás, vieron el hermoso palacio y, en uno de sus balcones, la amada estaba asomada.  

Con el corazón encogido el muchacho corrió a las puertas, cuando de pronto empezaron a salir guardianes de todos lados. Los animales luchaban contra los soldados mientras el joven buscaba una escalera. Al otro lado del palacio, una de cuerda caía, y allá que subía el muchacho mientras el león y el tigre intentaban frenar a los guardianes. Subió el muchacho entre el griterío de las voces, los rugidos del tigre y del león y los relinchos del caballo. Más arriba escaló el joven, hasta que llegó a un balcón donde la joven se encontraba. Se abrazó a ella y la besó. Con el primer beso cesó el ruido, con el segundo el palacio  apareció rodeado por un campo de amapolas, donde cayeron dormidos por el cansancio. Una vez repuestos, iniciaron el camino de regreso a casa, donde sus padres los esperaban para cumplir su promesa. Y cuentan que los jóvenes se casaron y siempre fueron felices.